Benjamín Carrasco Z.
2023
MDF, yeso, spray, acrílico y acero.
“¿Cómo podríamos acceder a un paisaje que no es el que vemos, sino al contrario en que somos vistos?”
Gilles Deleuze
Gilles Deleuze
Las imágenes bisagra.
Las imágenes bisagra son representaciones llenas de trucos. Nos tientan a inmiscuirnos en un sueño traslúcido que nunca llega a un destino. Su objetivo es “pasar por un a través”, no “llegar a un dónde”. Son espacios deambulatorios que asaltan nuestra conciencia, teniendo origen en las vivencias. El acto que devela su fuente emana de la familiaridad; de la experiencia en el mundo. A pesar de esto, poseen un velo, que trasluce su posibilidad de asentarse en el mundo material, de convivir y acomodarse al movimiento perecedero de este.
La posibilidad de descubrirlas recae en las libertades de sus efigies y de las interrelaciones que se dan en ellas dentro de uno o más planos. Tal como es la construcción de un sueño, en “El viento que arrastra neblina al valle” (2024) la mirada que se presenta apela a las sensaciones visuales que emanan como ciénagas utópicas, de lugares allanados por recuerdos pasados, presentes y futuros. El paraje traslucido de esta obra es manipulado, apropiado y edificado como una suerte de ejercicio en donde se busca percibir objetos donde ya no hay nada.
Esta estructura trae consigo una gravedad arquitectónica. Como un monolito óptico, se trabaja con la subjetividad de la percepción. A su vez, como una gran abertura, esta instalación rompe, dobla, estira y juega como una pintura tan maleable que denota la capacidad de manipular el paisaje tanto interno como externo. La raíz pictórica de una naturaleza desconocida y brumosa apela a una mirada irreductiblemente activa. A través de esta pileta de ventanas, “El viento que arrastra neblina al valle” dispone de la mirada y, por consiguiente, de un observador, funcionando, así como un portal arquetípico que relaciona el adentro con el afuera, lo íntimo y lo ajeno. Hay una fundición entre quién/qué observa y quién/qué es observado, adquiriendo un aspecto distante, pero a la vez inquietantemente absorbente.
La monumentalidad funciona como una quimera que tensiona, forma y deforma el lugar, ordenando a que uno, como observador, se inmiscuya en la interioridad de la pintura. Hay una guerra de volúmenes y sombras que nos hacen pensar en una cólera vigorosa y a la vez orgánica de materializar el recuerdo, como un acto inherente, a todo lo que habita en él, a lo que vive y muere. Esta bisagra funciona como un gesto, como un acto originario a punto de cambiar. Emana e interpreta de sí misma la cualidad montajista de la realidad; el distorsionarla solo es posible al transitar por y en ella.
¿Cuáles son los mundos posibles contenidos en el espacio comprendido entre la llegada de la neblina al valle?
¿Cuáles son las formas del viento de arrastrar la neblina al valle?
Hemos estado ahí; la saturación de humedad, polvo y tierra la hemos sentido en nuestros cuerpos. Debajo de estas capas existe un anclaje que nos enfrenta a un espacio espacializante, en el que sólo nos podemos internar admitiendo como veraz la ilusión del sueño.
Diego Hernández Mardones